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jueves, 28 de mayo de 2015

Llegar con la tinta a salvo #UberSeQueda #EnDefensaDeUber


Los converse mojados reposan en los pies del otro asiento, mis pies todavía con algunas gotas y temblando de frío buscan abrigo bajo el tapete que en las esquinas dice “Ford”. Escribo con la tenue luz del Ikon que me lleva a casa de mi madre, no sé bien cómo llegar, pedí un Uber y los dos, chofer y yo, confiamos nuestras vidas al GPS que nos hace navegar por una ciudad inundada.

Las recientes protestas contra Uber son las que me han llevado a sacar mi pluma fuente y mi pequeña Moleskine morada en medio del tránsito de Insurgentes. Llevo más de siete meses usando el servicio de Uber y lo que más me gusta de ello es la seguridad que me da cada viaje.

Ya lo he contado en otras ocasiones, pero la situación a la que se enfrenta la Ciudad “progresiva” de los chilangos y su transporte púbico me lleva a tener que escribirlo otra vez. Hace varios años, cuando era más niño de lo que sigo siendo (aunque ahora con barba), mi madre sufrió un secuestro exprés en un taxi cuando salía de madrugada de una cirugía de varias horas. No sé si era un taxi pirata o legal, no sé si robaban por necesidad o por pura mala leche, no sé si aquellos maleantes siguen haciendo de las suyas o ya fueron atrapados, no sé si siguen vivos, no sé si me he subido alguna vez a ese mismo taxi pero con mejor suerte que mi madre; lo que sí sé es que las horas de angustia que vivió mi madre y el miedo que yo sigo sintiendo cada vez que ella se sube sola a uno de esos vehículos ahora rosas, nos cala en los huesos y nos hace recordar lo vulnerables que somos.

Después de darle un buen susto, sacarle el dinero que traía suelto y en las tarjetas, los asaltantes (o secuestradores de un ratito) la botaron lejos de toda civilización. Hace un par de años me tocó ver cómo bajaban a una chica de un taxi mientras el Tsuru con luces neón salía volando. La chic se acercó al auto en el que estaba y pidió ayuda desesperada. El taxista la había obligado a hacerle una felación mientras daban vueltas en el auto, le quitó su celular y el poco dinero con el que viajaba para dejarla lejos de su destino.


¿Es necesario que relate más anécdotas del horror para entender por qué yo y muchos otros usamos Uber? Uso Uber porque sus autos son limpios, uso Uber porque puedo leer cómodamente en sus asientos, uso Uber porque no sé cómo llegar a muchos lugares, uso Uber porque en ellos puedo montar a amigos ahogados en alcohol con la seguridad de que llegarán con bien a sus casas, uso Uber porque en ellos puedo escribir, uso Uber porque aunque suene a lugar común “lo barato sale caro”. Uso Uber porque, como ahora, he llegado fácil y rápido a mi destino con la tinta a salvo. 

jueves, 28 de marzo de 2013

¿Cuánto tiempo pasará para que la gente pueda vivir tranquila otra vez?


"La violencia está en el alma del DF. No hay que buscarla, ella te encuentra. Se aparece. Anda suelta. No es una cosa nueva, (…) pero en los últimos años se ha nutrido de lo peor de nosotros mismos y del terrible horror profesional de algunos otros. Ha dejado de ser un accidente personal, o una ocasional decisión del poder. Hoy, la ley de probabilidades, apunta contra uno. (…) [Es] la fiesta de la barbarie. La desesperación de la miseria llevada al nivel de la locura temporal. (…) Esta ciudad no me la han contado, yo la he visto.” Paco Ignacio Taibo II

Han pasada ya cuatro años desde la primera y única vez que me han asaltado en la ciudad. La técnica fue buena. Eran las 14:30 horas de un jueves, un corredor lleno de árboles, iluminado por el abrasador sol que gobierna en la ciudad. A mitad del corredor un muchacho de aproximadamente unos 19 años me preguntó cómo llegar a Taxqueña, se sentía perdido, no sabía dónde estaba, las obras por la construcción del nuevo metro lo habían llevado a extraviarse y se sentía asustado. Más de una vez me he sentido perdido, a veces me gusta, muchas otras no. Decidí ayudar al muchacho, le indiqué por dónde caminar para encontrar un bus que lo llevara a su destino, cuando me quise despedir él ya tenía un gran puñal frente a mí a la altura de mi cuello.

Mi asalto fue sencillo, no hubo peligro mayor, entregándole todo lo que tenía me liberaría de una paliza segura. Años antes mi propia madre fue víctima de algo más grave. Una noche al salir de una eterna cirugía tomó un taxi para ir a casa. En el semáforo que siguió al hospital tres hombres entraron a la fuerza en el taxi, el taxista era uno de ellos, todo lo habían planeado, era uno de esos “secuestros exprés”. Para ella el evento fue algo traumático, desde entonces sus taxis siempre son de sitio y procura no salir tarde de casa.



Hoy me han puesto en un dilema. Llegué a casa y antes de subir me quedé platicando en el auto de la persona que me trajo, mientras platicamos vimos cómo un taxi se detuvo frente a casa y dejó a una chica, todo parecía muy normal hasta que la chica se acercó, con lágrimas en los ojos y una cara destrozada la chica nos pidió auxilio –Ayuda, por favor. Me han asaltado– no supe que hacer, circulaban por todos lados historias en que la gente finge ser asaltada para asaltarte a ti, también quedaba el referente de mi asalto. Sólo me quedó sacar el celular y llamar a la patrulla, informar de todo lo que había sucedido, decirles que la chica necesitaba ayuda y que no me quería arriesgar a un asalto más. Después de tres minutos la policía no llegaba, me sentía mal. Encendí el auto y decidí ir yo mismo por la policía. No habían pasado ni diez minutos cuando la policía, los vecinos con sus perros y nosotros estábamos con la chica, ya sin miedo a un posible asalto disfrazado siniestro a una chica. Ella fue obligada tener sexo oral con el chofer, la despojó de sus posesiones y la arrojó lejos de su casa, donde ella no tuviera opciones para pedir auxilio.

La ciudad no está blindada contra el crimen, el que no nos encontremos cuerpos colgados en los puentes, como hace dos años en Guadalajara, no significa que estemos exentos de criminales. Han llegado a mí muchas historias de robos en taxis, en taxis que no están bien regulados por el gobierno. ¿Cuántas personas más deben ser secuestradas? ¿Cuántas chicas más deben ser obligadas a lamer el grotesco falo de un taxista degenerado? ¿Cuánto tiempo pasará para que la gente pueda vivir tranquila otra vez?