domingo, 2 de diciembre de 2012

Silencios de olvidos que tiene mi hoy…



Salgo a la calle con colirio, celular, bolsas para los desechos de Chief y un cepillo de dientes que hace unos minutos saqué de mi maleta y metí al bolsillo trasero de mis bermudas.

Voy caminando en dirección al corredor donde espero no haya perros ni gente. Mientras camino suena el celular, es un mensaje y me resisto a leerlo pues deben ser las noticias que me dirán lo que ya sé pero en su versión amarillista. Mientras sigo camino al corredor vuelve a sonar el celular, pienso que el mensaje y la llamada están relacionadas y son importantes, leo rápido antes de contestar y veo que el mensaje es de ella y la llamada no. En la llamada me piden que por favor pase unos vídeos y fotografías que tomé el día de ayer en la trifulca de Reforma, los quieren para probar que muchas de las detenciones fueron injustificadas.
El mensaje trae unos versos que me ponen a pensar, sigo caminando y viendo los adornos navideños que me lastiman los ojos en la oscuridad de la colonia.

Mientras camino sin ver a ningún lado alguien me grita −Disculpa, hijo…− ¿Quién será? ¿Alguien que me conoce se habrá dado cuenta que la camisa que traigo es la misma de ayer? ¿Alguien que me quiere hacer notar que mis bermudas están tan llenas de huellas de perro como la pared de una perrera? O simplemente es otra persona que me quiere distraer preguntándome una calle para después asaltarme como la primera vez que fui asaltado en esta ciudad.

Sigo pensando en los versos que ella me escribió, en la persona que me llama algunos pasos atrás y en que cualquier momento Chief me hará pasar una vergüenza. Decido voltear y es una señora, muy tranquila me grita −Cuidado niño, te vas a caer− rápidamente veo hacia adelante y encuentro una coladera oscura y destapada. Como García Márquez me he enterado a la mala del poder de la palabra. El traspié que me provoca el no caer en la oscura coladera de mi soledad ha hecho que borre el mensaje que tanto me hizo pensar, ya no recuerdo los versos así como no recuerdo su voz y ni su cara, toda ella se ha borrado de mi mente dejando en mí sólo un eco extraño de su voz y unas borrosas luces de su rostro.

Llego a casa dispuesto a escribir lo sucedido y Tito Rodríguez me recibe diciéndome “Sombras de penas, silencios de olvidos que tiene mi hoy. 


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